Lo que aprend en el Colegio. #1
“Lo que aprendí en el colegio” es el estreno de la primera de tantas secciones o escritos temáticos, como usted más prefiera llamarlos. En ella, mezclaré recuerdos de la época escolar con vivencias relacionadas con los videojuegos –vivencias que hacían más llevadera la rutina del escolar.
VIDA DE GUSANOS

Ayer mi amigo Max vino a visitarme. No, no el marciano de la película aquella, notablemente parecida a ET. No. Max, ex compañero de curso durante los 12 años más tétricos de mi existencia, vino a mi casa luego de una invitación. El motivo no era más que revivir una vieja costumbre mantenida en los años escolares: Jugar Worms.
Quienes no lo conozcan, acá va una breve reseña: Worms es un juego por turnos, desarrollado por Team 17, cuya premisa es sencilla: armar equipos de gusanos para matarse entre sí. Pero claro, consigue 2 lombrices, ponlas frente a frente y la acción no será mucha. La gracia está en que estos invertebrados seres de voces chillonas se hacían pedazos con bazucas, granadas, dinamitas, pistolas, etc. Violencia sencilla y efectiva, a la Tom Y Jerry.
Worms es un juego antiguo. Su primera versión data de 1994, cuando yo ni soñaba con tener un computador. Sólo conocía del juego por programas de Televisión (uno que daban en Canal 13 después del Profesor Rossa). Y siempre me había atraído la idea. La primera vez que lo vi en acción fue en una tienda de realidad virtual. Mientras esperaba a que se desocupara el Need For Speed adaptado con un casco mula, los encargados del local jugaban Worms. Quedé fascinado.
Luego tuve mi primer ordenador, Windows 95 Plus, lleno de gloria de los 90, de la cual hablaré después. Pero de gusanillos nada. Esa navidad pedí a mi madre que buscara el Worms 2, la última chupada del mate (la verdad ya era bien viejo, pero no sabía que al revista que estaba leyendo había salido como un año antes en España). Pero nunca apareció.
Hasta que un bendito día, por afanes del destino, tuvimos que juntarnos en la casa de Max para hacer un trabajo. Mi lector de CD estaba malo, por lo que la Encarta no iba a funcionar. Y mientras otros anticuados buscaban en libros, nosotros ya habíamos conseguido la información. ¿Quieres Jugar Worms Armaggeddon? me dijo. “Bueno ya”, tuve que haber dicho yo. La verdad es que estaba bien emocionado.

La primera vez me sacaron la cresta. La segunda. Y la tercera. Es que Max era bien bueno. Dominaba las misteriosas artes de la cuerda Ninja, sabía como hacer hacer exactamente la granada donde quería y podía hacer del arma más inútil un seguro hundimiento en el agua.
Necesitaba ese juego, pero había un problema. Mi lector funcionaba solo una vez a las 500, y no había necesidad de cambiarlo porque no lo usábamos mucho. La cosa es que otro compañero, el sensei de las cosas estrafalarias, logró dar con un programa que hacía como había un CD, pero no estaba anda. EL problema era que el CD se copiaba en el Disco Duro. 500 y pico de megas en la época donde los discos de 10 eran la cagá. Pero filo, Worms valía la pena.
Que bacán. Ovejas Voladoras, ancianas extrañas y el esquivo Burro de Hormigón se apoderaron de mi…perdón, del PC del hogar. Mi hermano también sucumbió a la Worms manía. Como todo hermano chico arruina la fiesta. Uno piensa que es bueno hasta que te enfrentas a él. Ahí te das cuenta que la alimentación que recibió fue mucho mejor, que los transgénicos en algo tienen que ver o que con uno se cometieron todos los errores.
Entre Max y mi hermano me destruían siempre. Alguna batalla lograba pegarme algún golpe de suerte, pero rápidamente al final del día las estadísticas no mentían: una golondrina nunca hace verano.
Mi problema era que a pesar de mi pasado matemático, sólo
entendía las cosas en teoría. En al práctica, nunca supe como medir la variación del viento a un bazucazo o porque siempre las cosas me rebotaban al otro lados. Mi amigos y me hermano tomaban el asunto como “pero obvio, si lo tiras de esa manera…”. Y claro, se armaba una cierta lógica de física wormniana. Yo solo quería ver explosiones y seres rosados reventados.
Frustraba el hecho de planear la jugada y por equivocación presionar la barra espaciadora o el enter. Se te caía el mono y todos se reían de ti. Uno, a regañadientes se añadía a la celebración, pero la frustración se llegaba a notar.
Hasta que un computador así colapsó. Murió. Caput. Como el CD del Worms era virtual, alojado en el disco duro, eso se perdió para siempre. Y una vez más me quedaba sin la entretención de tantas tardes de merecida entretención post-estudio.
De allí, sólo encuentros escasos. Incluso llegué a tener, en mi computador de recursos limitados, tarjeta integrada y disco saturado de canciones, la versión 3D del Worms. Si bien causó cierto rechazo por los “dueños del retro”, que veían prostituída la antigua forma de jugar en post de bonitas graficas y libertad de movimiento. Me gustó hasta que el juego no corrió más. Nunca más. Eso me pasa por comprara “juego originales” también. Pero filo, igual andaba como las pelotas.
Lo cierto es que mis estudios universitarios y también el descubrimiento de otras fuentes de entretenimiento me hicieron olvidar por completo la dicha escolar, la entretención con corbata. Hasta que un día, un compañero de mi hermano chico que de ves en cuando viene para jugar GameCube mientras yo le pecho un poco de PS2 (no pifien, por favor…) me pidió que sacar algo de su bolso. Obviando detalles innecesarios, la cosa es que entre todo lo había revuelto, encuentro una figura circular de color blanca con un pequeño orificio en el medio. Un CD huacho.
Lo acojo en mi manos mientras me preguntaba como cresta aun no se rompía, me fijo en al leyenda que había escrita con plumón de color azul: “Worms Armaggedon”-¿Oye, tenís el Worms?
-Ese CD es de hace tiempo, pruébalo para ver si funciona.
Lo probamos. Y no funcionó. Algo había con el bendito XP que no podía correr ese juego del ya legendario Windows 98.
-No importa, me bajo el crack- como siempre yo tomando al iniciativa del pirata.
Pero buscando y buscando me encuentro con Worms World Party, que en resumidas cuentas es el mismo juego, con misiones distintas y –milagro- corre en XP (dentro de lo posible, claro está).
Lo primero que hice fue revivir a mi equipo –La Pobla Team- , jugar un poco con mi hermano, con su amigo inspirador, y evidentemente al día siguiente comunicarme con Max. Todo seguía tan fresco como lo había dejado en la bolsa Ziploc de los recuerdos.
Y volví a equivocarme, a caerme por los agujeros, a perder y ganar de vez en cuando, incluso a aplaudir las buenas jugadas. Porque, a pesar que siga igual de malo que antes y las pinte de bueno tratando de emular jugadas imposibles, Worms fue parte importante de esas tardes de educación básica y comienzos de la media. Esas tardes en las que por momentos olvidábamos la jornada completa, los organelos y los cosenos para ver como un grupo de invertebrados con personalidad se trenzaban en grescas violentas, pero por lo menos irreales y al mismo tiempo inocentonas.
Y es que más que aprender a jugar Worms pude descubrir algo más importante: se puede pasar bien un momento cuando se va perdiendo. Y creánme, en este mundo vaya que sirve tenerlo en cuenta.
VIDA DE GUSANOS

Ayer mi amigo Max vino a visitarme. No, no el marciano de la película aquella, notablemente parecida a ET. No. Max, ex compañero de curso durante los 12 años más tétricos de mi existencia, vino a mi casa luego de una invitación. El motivo no era más que revivir una vieja costumbre mantenida en los años escolares: Jugar Worms.
Quienes no lo conozcan, acá va una breve reseña: Worms es un juego por turnos, desarrollado por Team 17, cuya premisa es sencilla: armar equipos de gusanos para matarse entre sí. Pero claro, consigue 2 lombrices, ponlas frente a frente y la acción no será mucha. La gracia está en que estos invertebrados seres de voces chillonas se hacían pedazos con bazucas, granadas, dinamitas, pistolas, etc. Violencia sencilla y efectiva, a la Tom Y Jerry.
Worms es un juego antiguo. Su primera versión data de 1994, cuando yo ni soñaba con tener un computador. Sólo conocía del juego por programas de Televisión (uno que daban en Canal 13 después del Profesor Rossa). Y siempre me había atraído la idea. La primera vez que lo vi en acción fue en una tienda de realidad virtual. Mientras esperaba a que se desocupara el Need For Speed adaptado con un casco mula, los encargados del local jugaban Worms. Quedé fascinado.Luego tuve mi primer ordenador, Windows 95 Plus, lleno de gloria de los 90, de la cual hablaré después. Pero de gusanillos nada. Esa navidad pedí a mi madre que buscara el Worms 2, la última chupada del mate (la verdad ya era bien viejo, pero no sabía que al revista que estaba leyendo había salido como un año antes en España). Pero nunca apareció.
Hasta que un bendito día, por afanes del destino, tuvimos que juntarnos en la casa de Max para hacer un trabajo. Mi lector de CD estaba malo, por lo que la Encarta no iba a funcionar. Y mientras otros anticuados buscaban en libros, nosotros ya habíamos conseguido la información. ¿Quieres Jugar Worms Armaggeddon? me dijo. “Bueno ya”, tuve que haber dicho yo. La verdad es que estaba bien emocionado.

La primera vez me sacaron la cresta. La segunda. Y la tercera. Es que Max era bien bueno. Dominaba las misteriosas artes de la cuerda Ninja, sabía como hacer hacer exactamente la granada donde quería y podía hacer del arma más inútil un seguro hundimiento en el agua.
Necesitaba ese juego, pero había un problema. Mi lector funcionaba solo una vez a las 500, y no había necesidad de cambiarlo porque no lo usábamos mucho. La cosa es que otro compañero, el sensei de las cosas estrafalarias, logró dar con un programa que hacía como había un CD, pero no estaba anda. EL problema era que el CD se copiaba en el Disco Duro. 500 y pico de megas en la época donde los discos de 10 eran la cagá. Pero filo, Worms valía la pena.
Que bacán. Ovejas Voladoras, ancianas extrañas y el esquivo Burro de Hormigón se apoderaron de mi…perdón, del PC del hogar. Mi hermano también sucumbió a la Worms manía. Como todo hermano chico arruina la fiesta. Uno piensa que es bueno hasta que te enfrentas a él. Ahí te das cuenta que la alimentación que recibió fue mucho mejor, que los transgénicos en algo tienen que ver o que con uno se cometieron todos los errores.
Entre Max y mi hermano me destruían siempre. Alguna batalla lograba pegarme algún golpe de suerte, pero rápidamente al final del día las estadísticas no mentían: una golondrina nunca hace verano.
Mi problema era que a pesar de mi pasado matemático, sólo
entendía las cosas en teoría. En al práctica, nunca supe como medir la variación del viento a un bazucazo o porque siempre las cosas me rebotaban al otro lados. Mi amigos y me hermano tomaban el asunto como “pero obvio, si lo tiras de esa manera…”. Y claro, se armaba una cierta lógica de física wormniana. Yo solo quería ver explosiones y seres rosados reventados. Frustraba el hecho de planear la jugada y por equivocación presionar la barra espaciadora o el enter. Se te caía el mono y todos se reían de ti. Uno, a regañadientes se añadía a la celebración, pero la frustración se llegaba a notar.
Hasta que un computador así colapsó. Murió. Caput. Como el CD del Worms era virtual, alojado en el disco duro, eso se perdió para siempre. Y una vez más me quedaba sin la entretención de tantas tardes de merecida entretención post-estudio.
De allí, sólo encuentros escasos. Incluso llegué a tener, en mi computador de recursos limitados, tarjeta integrada y disco saturado de canciones, la versión 3D del Worms. Si bien causó cierto rechazo por los “dueños del retro”, que veían prostituída la antigua forma de jugar en post de bonitas graficas y libertad de movimiento. Me gustó hasta que el juego no corrió más. Nunca más. Eso me pasa por comprara “juego originales” también. Pero filo, igual andaba como las pelotas.
Lo cierto es que mis estudios universitarios y también el descubrimiento de otras fuentes de entretenimiento me hicieron olvidar por completo la dicha escolar, la entretención con corbata. Hasta que un día, un compañero de mi hermano chico que de ves en cuando viene para jugar GameCube mientras yo le pecho un poco de PS2 (no pifien, por favor…) me pidió que sacar algo de su bolso. Obviando detalles innecesarios, la cosa es que entre todo lo había revuelto, encuentro una figura circular de color blanca con un pequeño orificio en el medio. Un CD huacho.Lo acojo en mi manos mientras me preguntaba como cresta aun no se rompía, me fijo en al leyenda que había escrita con plumón de color azul: “Worms Armaggedon”-¿Oye, tenís el Worms?
-Ese CD es de hace tiempo, pruébalo para ver si funciona.
Lo probamos. Y no funcionó. Algo había con el bendito XP que no podía correr ese juego del ya legendario Windows 98.
-No importa, me bajo el crack- como siempre yo tomando al iniciativa del pirata.
Pero buscando y buscando me encuentro con Worms World Party, que en resumidas cuentas es el mismo juego, con misiones distintas y –milagro- corre en XP (dentro de lo posible, claro está).
Lo primero que hice fue revivir a mi equipo –La Pobla Team- , jugar un poco con mi hermano, con su amigo inspirador, y evidentemente al día siguiente comunicarme con Max. Todo seguía tan fresco como lo había dejado en la bolsa Ziploc de los recuerdos.
Y volví a equivocarme, a caerme por los agujeros, a perder y ganar de vez en cuando, incluso a aplaudir las buenas jugadas. Porque, a pesar que siga igual de malo que antes y las pinte de bueno tratando de emular jugadas imposibles, Worms fue parte importante de esas tardes de educación básica y comienzos de la media. Esas tardes en las que por momentos olvidábamos la jornada completa, los organelos y los cosenos para ver como un grupo de invertebrados con personalidad se trenzaban en grescas violentas, pero por lo menos irreales y al mismo tiempo inocentonas.
Y es que más que aprender a jugar Worms pude descubrir algo más importante: se puede pasar bien un momento cuando se va perdiendo. Y creánme, en este mundo vaya que sirve tenerlo en cuenta.


